miércoles, 26 de agosto de 2009

¿Dónde está la L?

En mi experiencia dentro del activismo siempre me ha causado una gran inquietud como las siglas que se manejan en muchos movimientos por la diversidad sexual de todo el mundo varían en cuanto a su número y orden. He visto que algunas organizaciones y movimientos se identifican como GLBT, GLBTTT, GLBTI, LGBTI, LGBQTI, GLTBI, todas siempre pretendiendo abarcar un conglomerado de personas sexualmente diversas.

Comprendo que la variación del número de letras y su orden corresponden a un asunto político de sus militantes, quienes de acuerdo a una serie de principios relacionados con la visibilización y la lucha han querido siempre demostrar la inclusión de las personas con identidades sexuales y de género diversas. La I que hace mucho tiempo no aparecía en algunos movimientos de América Latina, empezó a incluirse desde hace unos cinco años para identificar a las personas intersexuales (antes llamadas hermafroditas) dentro de la diversidad sexual que representan.

La Q es una letra que se empezó a utilizar en varios movimientos de los Estados Unidos para incluir a las personas que se identifican como Queer, que en su equivalente español literalmente significa raro, extraño o anormal. La inclusión de nuevas letras dentro de las siglas, pretende de alguna manera demostrar que se está visibilizando a otras identidades que antes habían estado ocultas en las organizaciones y movimientos por la diversidad sexual.

Aunque el activismo ha tenido como premisa la lucha por la inclusión, considero que muchas personas que representan a las distintas diversidades, han visto cada vez más la necesidad de separarse para visibilizar plenamente sus diferencias y exigir el cumplimiento de sus derechos de acuerdo a sus necesidades específicas como grupo humano.

En el caso particular de Ecuador, la experiencia de organización de las personas trasngéneros (de hombre a mujer) ha servido como un referente para mostrar como aquellas siglas que pretenden ser cada vez más abarcadoras, terminan por dispersarse. La organización de las mujeres lesbianas en años recientes, fruto de discusiones políticas intensas entre las activistas lesbianas feministas que cuestionaron su invisibilidad dentro de algunas organizaciones GLBT en la ciudad de Quito, es otra prueba de ello.
A pesar de que algunas mujeres lesbianas con carrera dentro del activismo por sus derechos lograron separarse de las organizaciones GLBT en las cuales no se sentían representadas, muchas de éstas organizaciones que manejan un discurso de inclusión siguen utilizando la L dentro de sus siglas, aunque no tengan un grupo permanente de lesbianas que hagan presencia en el activismo.

Más allá de analizar por qué las mujeres lesbianas no han podido ser visibles dentro del activismo, me pregunto acerca de los discursos utilizados por muchos compañeros que se identifican como gays. La reproducción de un modelo heteronormativo basado en formas de representación entre el activo y el pasivo, desdeñando al último especialmente si es exageradamente afeminado o loca, demuestra como la feminidad es desplazada hacia algo despreciable.

El discurso heteropatriarcal que considera a las mujeres como personas inferiores dentro de una jerarquía sexual, es asimilado por muchos varones gays que consideran que la imagen del macho masculino es una forma de mostrarle a la sociedad que los gays no son las típicas locas afeminadas, desechando de este modo toda forma de relación con lo femenino. Este discurso androcéntrico, influye directamente en la falta de representación que han tenido muchas mujeres lesbianas dentro de las organizaciones y movimientos GLBT.

La ausencia de interés por profundizar en los estudios teóricos lésbicos, gays y trans, ha hecho que muchos hombres gays activistas desconozcan que desde los estudios feministas contemporáneos iniciados a finales de los sesenta y durante los setenta, se llegó a una comprensión mayor del funcionamiento del sistema patriarcal que excluye a los gays. Posteriormente en los noventa se hicieron nuevas propuestas en los estudios de género que han continuado vigentes hasta hoy.

La mayoría de los estudios de género recientes que han servido a muchos movimientos GLBT en Estados Unidos y Europa para sustentar su discurso político, fueron realizados por mujeres lesbianas académicas de distintas disciplinas, entre las que puedo mencionar a Gayle Rubin, Monique Wittig, Rosi Braidoti y Judith Butler. Las estudios relativos al sistema sexo género son el mejor aporte de éstas mujeres para los estudios lésbicos, gays y trans.

Mientras no se realice un replanteamiento de los discursos asimilacionistas de la matriz heterosexual dentro de los movimientos que luchan por el reconocimiento de la diversidad sexual, la invisibilidad de las lesbianas continuará existiendo. Las prácticas de rechazo por parte de los hombres gays y heterosexuales a las distintas formas de feminidad y masculinidad incluidas en las identidades lésbicas, sólo pueden terminar cuando exista una comprensión profunda de lo que significa para las lesbianas ser mujer en un mundo de hombres y para los hombres.

lunes, 24 de agosto de 2009

Mariquita, marica y maricón


La resignificación de una palabra que ha causado dolor durante muchos años a través de la historia a muchos homosexuales, ha sido el interés permanente de muchos académicos y activistas que han realizado este intento.

Aludiendo a la performatividad como una teoría compleja que pretende mediante los actos reiterativos del lenguaje hallar un significado en relación con la historia, puedo mencionar que la tarea de transformar lo queer en una palabra reivindicativa implica cuestionar los postulados en relación a la categoría género.


Desde mi punto de vista, un término inglés como queer, adquiere otras formas de interpelación e injuria en el equivalente español: extraño, raro o simplemente maricón. Cuando alguien menciona maricón, alude no sólo a lo que se sale de la hombría masculina, sino también a la cobardía, algo impensable para un “verdadero hombre”, además de la carga injuriosa relacionada con lo perverso, anormal, sucio y antinatural.


El reto de poder resignificar la palabra maricón, es algo que adquiere una complejidad enorme dentro del contexto social en el que hemos crecido, y para quienes la hemos escuchado desde niños. El dolor de ser llamado marica, mariquita o maricón es enorme, pero, ¿es posible producir una resignificación de estas palabras?


Cuando se desplazan el estigma y el dolor a un significado que rescate mediante la historia una nueva forma de asumir la palabra maricón, se logra la resignificación. El acto recurrente de las palabras dichas por quienes pretenden ofender al llamar a alguien maricón, podría ir calando en la mente de quien la escucha hasta encontrar esa posibilidad de reinventarla.


No sólo se logra resignificar maricón mediante el acto repetitivo de quienes la dicen, sino más bien, es desde el acto de cada individuo que logra a través de sus actos corporales decir que se siente bien siendo maricón. La complejidad académica de la teoría de la performatividad que busca explicar la resignificación de lo queer, adquiere sentido cuando se piensa en lo que una persona puede llegar a ser a través de los actos corporales que signifiquen una forma de hacer política para reivindicar el ser maricón desde un sentido no peyorativo.

martes, 11 de agosto de 2009

¿Es posible resignificar lo queer en las comunidades GLBT de la ciudad de Guayaquil?

Analizando la forma cómo fue adquiriendo un significado distinto el término queer en los distintos contextos sociales en los que ha sido posible realizarlo, me he planteado esta pregunta para hacer una reflexión con respecto a si esa posibilidad se podría concretar en algún grupo de personas GLBT de la ciudad de Guayaquil.

Dado que el término queer (cuya traducción al español puede ser variada: extraño, enfermo o anormal) surge dentro del idioma inglés como una palabra para humillar e interpelar al sujeto que la escuchaba, es interesante notar la forma cómo este insulto homofóbico pasó a convertirse en un término reivindicativo. La repetición permanente de esta palabra en todos los ámbitos donde cada sujeto que no practicaba la heterosexualidad ideal asociada a una pareja de distinto sexo y con hijos, fue calando en la mente de varios individuos que se reapropiaron de este término.

Esta experiencia particular dada en los Estados Unidos, fue ganando adeptos que no encajaban dentro del modelo “lésbico gay” asociado únicamente a hombres y mujeres homosexuales de clase media y alta y blancos. Esta situación me hace pensar en cómo contrario a este acontecimiento ocurrido en ese país a principios de 1990, los grupos de lesbianas, transgéneros, bisexuales y gays que viven en la ciudad de Guayaquil buscan más bien identificarse con un modelo hegemónico dominante que realza el culto a los cuerpos esbeltos y a la belleza blanca anglosajona o europea.

Considero que en tiempos de globalización, la tarea de encontrar un significado distinto al término queer en el contexto local de Guayaquil, resulta más complejo por cuanto dicha palabra en su acepción española (literalmente marica, maricón o tortillera en el caso de las lesbianas), se lo ha asociado durante mucho tiempo no sólo al hecho de las prácticas sexuales, sino a lo racial y de clase con una carga mayor de discriminación, es decir a lo sucio, marginal, pobre, cholo, negro y sin educación.

Considero que la tarea de resignificar lo queer en Guayaquil, no es sencilla,puesto que implicaría una deconstrucción del significado asimilado con el hecho de ser gay, lesbiana, transgénero y transexual; significado del cual nos hemos apropiado quienes pertenecemos a este grupo de la población. Encontrar una nueva lectura en torno a lo que podría ser lo queer para un guayaquileño o guayaquileña que sea GLBT, llevaría consigo la tarea de asimilar poco a poco un discurso renovado que surja al interior de estas mismas comunidades, el mismo que tendría que cuestionarse muchos postulados que han definido su accionar.

¿Se puede construir una ciudadanía plena (sexual) en Guayaquil?

Al hablar de ciudadanía en Guayaquil, muchos de los discursos provenientes de las élites políticas con respecto a lo que ésta debe ser y cómo se la debe ejercer, han sido asimilados por diversos grupos que reclaman el derecho a ser tratados como ciudadanos y ciudadanas.

Citando a Marcia Ochoa[1], quien entiende la ciudadanía como “los procesos que producen una persona como parte de un grupo social-las cosas que lo hacen sentir parte de ese grupo, tanto como las cosas que hacen que la sociedad lo vea como parte de ese grupo”, me permito hacer un análisis y reflexión en cuanto a la posibilidad de construir una ciudadanía plena (sexual) en Guayaquil.

Si a un ciudadano se lo concibe como parte de un grupo social y como un sujeto de derechos que los ejerce, entonces estamos hablando de que esos derechos implicarían un ejercicio pleno de la sexualidad en sus diversas formas. Al hablar de una ciudadanía plena tomo en consideración el ámbito de las prácticas sexuales que no son incluidas dentro del concepto de derechos ciudadanos.

La práctica cotidiana del Gobierno Local de Guayaquil, mediante la aplicación de sus Ordenanzas Municipales, coartan el derecho a ejercer una ciudadanía sexual. La alusión al tema de atentado contra la “moral y las buenas costumbres” es un discurso que se ha ido reafirmando progresivamente desde hace dieciséis años en Guayaquil, este discurso incluye principalmente en la práctica la represión permanente a gays y transgéneros que ejercen el trabajo sexual.

Desde mi punto de vista, para construir una ciudadanía sexual en Guayaquil, es necesario un proceso de organización de las personas gays y transgéenros que cuestione y proponga nuevas alternativas para el ejercicio de una ciudadanía plena, la cual incluya la diversidad de las prácticas sexuales. Se convierte en una necesidad no acceder a procesos adaptativos que desean convertir al sujeto social en un ciudadano reconocido con derechos y responsabilidades manejados y regulados desde el Estado bajo una concepción de “buena ciudadanía”. Es necesario cuestionar permanentemente discursos conservadores y moralistas que han sido pronunciados permanentemente por quienes tienen el poder político desde hace casi dos décadas en esta ciudad.

Construir una ciudadanía sexual significaría dejar de pensar que el Estado bajo un poder regulatorio, tiene la única tarea de conferir o quitar los derechos que cree conveniente para una persona. Implicaría entonces discutir la ciudadanía desde un enfoque de libertad y autonomía de los cuerpos y su sexualidad y no sentir que somos o no merecedores de ciertos derechos ajustados a un esquema moralista del Estado.







[1] Ochoa, Marcia (2004) “Ciudadanía perversa: divas, marginación y participación en la “loca-lización”. En Daniel Mato (coord.), Políticas de ciudadanía y sociedad civil en tiempos de globalización. Caracas: FACES, Universidad Central de Venezuela, pp. 239-256.